Cura de mar

Publicado el 9 de junio de 2024, 18:48

A menudo siento que el mar que miro

es siempre distinto mar.

 

Que las olas que llegan como cartas 

del horizonte

son las líquidas emociones

de alguien que, como yo, observa

desde el otro lado

esperando que el agua disuelva

con su sal

el torbellino de ira,

la pena, la amargura,

la euforia desmedida de este mundo

de sombras grises y amarillas.

 

Cuando las gaviotas se arremolinan sobre el plato

tremulante de reflejos

pienso en los cuerpos muertos

de los que venían vivos en cada patera

y en los que, como Alfonsina,

se dejaron tragar por la playa

como último acto de redención.

 

Imagino que los marítimos pájaros 

cantan y bailan para todos ellos.

 

Imagino a la niña que fui y sobrevive

(nadie sabe cómo)

en la misma playa, que es otra

con los mismos dolores, que son otros

y sin embargo son iguales.

 

En cada castillo que construyó

dejó sueños  sembrados por las almenas

y ellos también sobreviven

(contra todos los pronósticos)

a la corrosión del salitre 

y al desgaste del viento y de la arena.

Desde aquella atalaya desnuda 

me saludo como saludan las niñas

a los barcos y a los aviones:

esperando que las vean.

Y me veo 

y parpadean todas mis luces.

 

Y así, todo lo que yo traía, 

si es que me quedaba algo, 

lo veo reventar contra las rocas

y transformarse 

en efímeros encajes blancos

y el sol cayendo

me va desvistiendo el resto, 

el eco, la resaca pegajosa,

los jirones del alma que ya no me sirven.

 

Así es como el mar me sana.

 

 

Rocío de Rolanda

 

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