«Escribir pese a todo, pese a la desesperación». Marguerite Duras

 

Hacer turismo no es viajar

Llegar a una ciudad, seguir el mapa, visitar el punto A, B, y C. Sonreír para foto. Conseguir un guía, seguirlo, que nos cuente todo. Foto con el grupo. Monumento, museo, monumento, un dato histórico. Comer en ese restaurante con buenas reseñas pero que tal vez trata mal a sus empleados. Los locales: esa gente tan curiosa que vive de esa forma tan rara. Esa gente que no soy yo, con la que no me identifico ni lo intento, que tiene otras costumbres, tal vez otra lengua, otra religión, otra vida, pero que no tiene nombre. Esa masa deshumanizada, como un número estadístico, como un paisaje en la pantalla de un teléfono. Esa gente como los maniquíes de un escaparate pero que sirve un helado, que limpia un hotel, que conduce un taxi, esa gente que sirve pero a la que nunca se conoce. El turismo es la perversión del viaje. Lo frivoliza, lo convierte en una ruta preconcebida, vaga, simplificada, en un acto de consumo. El turista visita las ciudades como se visita el Ikea: para ir comprando por el camino. Las ciudades ya no se conocen, se consumen y también sus gentes y ya no existe más el intercambio, ni la riquísima contaminación entre culturas, ni la espontaneidad inevitable de la vida. Hacer turismo no es viajar.

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Yo te aplaudo a ti, actriz y actor desconocidxs

Tengo la sensación (y como sensación subjetiva acepto que pueda ser incorrecta) de que cuando algún actor o actriz famoso dice cosas como “esta es una profesión que me ha elegido a mi”, “desde pequeñitx lo tuve claro” todxs pensamos “guau, es increíble su fuerza y autoconfianza”. Me pregunto si pensaríamos lo mismo de ellxs cuando aun lo intentaban y tenían unas vidas comunes, corrientes y seguramente inestables económicamente mientras paralelamente caminaban hacia su sueño de hacer de la interpretación su vida y oficio y poder vivir de ello sin tener que tener una profesión B para pagar las cuentas. Porque es lógico admirar a quien ya lo ha conseguido pero ¿a quién trabaja con ahínco en una incerteza? ¿Y si todo ese rollo de la vocación no es más que un delirio? ¿Y si fracasa? ¿Qué hará con 55 años cuando no haya llegado a ningún sitio y no haya tenido un trabajo en condiciones para tener si quiera una casa? Estoy segura de que mucha gente pensaría eso. Lo sé, porque a mi, con 37 años y sin haber conseguido aún el éxito profesional que espero para mi, me ha tocado escuchar eso de algunas bocas y de casi todos los ojos de mi alrededor.

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